Page 274 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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alguna piedra y, pensativa, comenzaba a decir:
«¡El infierno! ¡El infierno! ¡Qué pena tengo
de las almas que van al infierno! ¡Y las personas
que, estando allí vivas, arden como la leña en el
fuego!»
Y, asustada, se ponía de rodillas, y con las
manos juntas, rezaba las oraciones que Nuestra
Señora nos había enseñado:
«¡Oh Jesús mío, perdónamos, líbranos del
fuego del infierno, lleva al Cielo a todas las
almas, especialmente a aquellas que más lo
necesitan!»
Ahora, Exmo., y Rvmo. Señor Obispo, ya V.
Excia. Rvma., comprenderá por qué a mí me
daba la impresión de que las últimas palabras
de esta oración, se referían a las almas que se
encuentran en mayor peligro, o más inminente,
de condenación.
Y permanecía así, durante largo tiempo, de
rodillas, repitiendo la misma oración. De vez en
cuando me llamaba a mí o a su hermano (como
si despertara de un sueño): «Francisco,
Francisco, ¿vosotros rezáis conmigo? Es preciso
rezar mucho, para librar a las almas del
infierno. ¡Van para allá tantas! ¡tantas!»
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