Page 46 - Libro Nuestra Señora de La Estrella
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indígenas, mestizos, zambos y mulatos, que pobremente y
            en  pequeña  escala  reproducían  en los lugares donde  se
            iban asentado los patrones del urbanismo colonial.


                  El Valle de Aburrá es uno de esos casos en los que una
            región  es  susceptible de convertirse en  multiétnica y  una
            fuente productora de riqueza gracias a las familias que se
            van asentado  y  se compactan  a  través  de la religión  y el
            lenguaje,  comenzando a  atraer  otros  pobladores.  Se sabe
            cómo  durante  los siglos  XVI  a    XVIII,  desde  familias

            principales hasta de ínfima posición social se trasladaban a
            vivir al valle de Aburrá para lucrarse de las oportunidades
            que en él se daban.

                  La villa de la Candelaria y su valle de Aburrá no fue

            un centro negrero como Cartagena o cuna de una sociedad
            de terratenientes esclavistas como Popayán. Tampoco que
            hubiera tenido una casta de encomenderos dominando una
            numerosa población indígena, tal como ocurrió en Santafé
            de Bogotá  y en  Tunja. Su caso fue, apenas, el de una
            estrecha villa  que  junto con el  valle que la circundaba,

            atrajo continuamente una  población suelta y libre, cuyas
            familias más afortunadas hicieron del comercio y del con-
            trol de lejanas minas las bases de su economía.

                  Cuando  el sitio de Aná fue erigido en villa, la

            población que venía ocupando el valle era bastante mestiza
            y notablemente hispanizada. En 1675, los descendientes de
            los habitantes nativos, así como los mulatos y zambos que
            se  habían  establecido  en  el  valle  vivían  de  acuerdo  a  las
            normas de la sociedad española indiana.



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