Page 386 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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Benedicto XV y Pío XI, cuando, después del
primer conflicto europeo, especialmente en las
regiones del sur de vuestra patria, grandes
multitudes de hombres, mujeres, niños y niñas
inocentes fueron abatidos por una terrible
hambruna y una extrema miseria. Pues ellos,
movidos por un afecto paternal hacia sus
compatriotas, enviaron a esos pueblos
alimentos, ropa y mucho dinero recogido entre
toda la familia de los católicos, para atender a
todas esas personas hambrientas e infelices, y
aliviar de alguna manera sus calamidades. Y
Nuestros predecesores proveyeron, según sus
posibilidades, no sólo a las necesidades
materiales, sino también a las espirituales;
pues no contentos con elevar súplicas a Dios,
Padre de las misericordias y fuente de todo
consuelo (cf. 2 Cor. 1,3), quisieron también que
se ofrecieran oraciones públicas por vuestra
condición religiosa, tan perturbada y
trastornada por los negadores y enemigos de
Dios, empeñados en erradicar de las almas la fe
y la noción misma de la Divinidad. Así, el Sumo
Pontífice Pío XI decretó en 1930 que en la fiesta
de San José, patrón de la Iglesia universal, "se
eleven oraciones comunes a Dios...". . . en la
Basílica del Vaticano, por las infelices
condiciones de la religión en Rusia"; (4) y él
mismo quiso estar presente allí, rodeado de
una multitud muy numerosa y piadosa.
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