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Concupiscencia de los ojos, disipación intelectual


                  De la virtud de la Templanza, Josef Pieper  “Las Virtudes Fundamentales−La Templanza”.
                  Síntesis preparada por Álvaro Gallón Rodríguez.
                  Bogotá, DC. 14 de junio de 2006.

                        La finalidad del ver es advertir la realidad. La concupiscencia de los

                  ojos hace que miremos, pero no precisamente para ver la realidad. San
                  Agustín dice que la gula no tiene interés en que su víctima se sacie, sino
                  que puramente coma y guste (Confesiones 10,35). Esto es exactamente
                  lo que ocurre con la curiosidad y con la concupiscencia de los ojos.

                        Santo Tomás, entiende el vicio de la curiositas como una inquietud
                  del espíritu y lo incluye en la evagatio mentis (disipación del ánimo), que
                  es,  según  él,  la  primogénita  de  la  pereza  (acedia).  La  acedia  es  la
                  desgana del corazón que no se atreve a lo grande para lo que el hombre
                  está llamado. La vemos actuar en aquellos momentos en que el hombre

                  procura  sacudirse  de  la  nobleza  de  su  personalidad  esencial,
                  paralizándolo todo  con su inconstancia y flojera. Y lo que es  vagancia
                  que traiciona al propio ser, se convierte luego en divagación. Por eso dice
                  Santo Tomás que la pereza es: “inquietud errante del espíritu”.

                        Esta inquietud del ánimo se manifiesta en el torrente de palabras e
                  intenciones que no conducen a nada concreto, en el descontrol y en las
                  ganas de escapar del recinto amurallado del espíritu para desparramarse

                  en la pluralidad, en el desasosiego interior, en la inestabilidad mental y
                  en  la  imposibilidad  de  asentarse  en  un  lugar  y  de  decidirse  por  algo.
                  Exactamente es lo que se llama curiosidad insaciable.

                        Se ve  pues  que cuando  la  capacidad de decisión  degenera en
                  curiositas, puede ser algo más  que una desorientación inocente del
                  espíritu. Siendo más bien un síntoma de auténtico desarraigo que puede
                  indicar que la persona ha perdido la capacidad de habitar en sí misma.
                  Se ha dado a la fuga de su propio yo y asqueada por la devastación que
                  observa  en  su  propia  voluntad,  se  desespera  y  busca  con  un  miedo

                  egoísta  por  miles  de  caminos,  aquello  que  le  es  imposible:  La
                  magnanimidad de un corazón dispuesto al sacrificio y seguro de sí mismo
                  que trata de alcanzar la plenitud de la propia vida o autoestima.




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