Page 102 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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Pero,  volviendo  a  nuestra  historia:  al  oír
               contar  los  sufrimientos de  Nuestro  Señor,  la
               pequeña  se  enterneció  y  lloró.  Muchas  veces,

               después,  me  pedía  repertírsela.  Entonces
               lloraba con pena y decía:

                   ¡Pobrecito  Nuestro  Señor!  Yo  no  debo
               cometer ningún pecado. No quiero que Nuestro

               Señor sufra más.


                   Sensibilidad de alma

                    A la pequeñita le gustaba ir por las noches

               a una era que teníamos frente a casa, a ver la
               maravillosa  puesta  de  sol  y  después  el  cielo
               estrellado.  Cuando  había  noche  de  luna  se
               entusiasmaba.  Nos desafíabamos  a ver quién
               era capaz de contar las estrellas; decíamos que
               eran las candelas de los Ángeles. La luna era la
               de  Nuestra  Señora,  y  el  sol  la  de  Nuestro

               Señor. Por lo que Jacinta decía a veces:

                    A mí me agrada más la candela de Nuestra
               Señora que no quema ni ciega; y la de Nuestro
               Señor, sí.

                    En  verdad,  el  sol  allí,  algunos  días  de
               verano, apretaba bien fuerte;  y  la  pequeñita

               como  era  de  constitución  débil,  sufría  mucho
               con el calor.




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