Page 97 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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y las vecinas pedían a mi madre poder dejar a
sus hijos jugando conmigo en el patio de mis
padres, bajo la vigilancia de mis hermanas,
mientras ellas marchaban a trabajar al campo.
Mi madre decía siempre que sí, aunque
costase a mis hermanas una buena parte del
tiempo.
Yo era entonces la encarga da de entretener
a los niños y de tener cuidado para que no
cayesen en un pozo que había en el patio.
Tres grandes higueras resguardaban a los
niños de los ardores del sol; sus ramas
servían de columpio, y una vieja era hacía de
comedor. Cuando en estos días venía Jacinta,
con su hermano, a llamarme para ir a su
retiro, les decía que no podía ir, pues mi
madre me había mandado quedarme allí. En-
tonces los peque-ños se resignaban con
desagrado, y tomaban parte en los juegos. En
las horas de la siesta, mi madre daba a sus
hijos el catecismo, sobre todo cuando se apro-
ximaba la cuaresma, porque decía, no quiero
quedar avergonzada cuando el Prior os pre-
gunte la doctrina. Entonces todos aquellos
niños asistían a nuestra lección de catecismo;
Jacinta tam-bién estaba allí.
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