Page 127 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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En la prisión de Ourém
Cuando, pasado algún tiempo estuvimos
presos, a Jacinta lo que más le costaba era el
abandono de los padres; y decía corriéndole
las lágrimas por las mejillas:
Ni tus padres ni los míos vienen a vernos;
¡no les importamos nada!
No llores –le dice Francisco–; ofrezcámoslo
a Jesús por los pecadores.
Y levantando los ojos y las manos al cielo
hizo él el ofrecimiento: ¡Oh mi Jesús, es por tu
amor y por la conversión de los pecadores!
Jacinta añadió:
Y también por el Santo Padre y en
reparación de los pecados cometidos contra el
Inmaculado Corazón de María.
Cuando después de habernos separado,
volvieron a juntarnos en una sala de la cárcel,
diciendo que dentro de poco nos iban a buscar
para freírnos, Jacinta se acercó a una ventana
que daba a la feria del ganado. Pensé al
principio que estaría distrayéndose; pero
enseguida vi que lloraba. Fui a buscarla y le
pregunté por qué lloraba; respondió:
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