Page 108 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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Cuando  no  había  luna,  decíamos  que  la
                lámpara de Nuestra Señora no tenía aceite.

                    A  los dos pequeños,  les costaba mucho
                separarse          de      mí.       Por      ello,      pedían
                continuamente  a su madre,  que les  dejase,

                también a ellos, guardar su rebaño.

                    Mi  tía,  tal  vez  para  verse  libre  de  tantas
                súplicas,  a  pesar  de  que  todavía  eran  muy
                pequeños, les confió el cuidado de sus ovejas.

                    Radiantes de  alegría, fueron a darme la
                noticia,  y  a planear  cómo juntaríamos  todos

                los días nuestros rebaños. Cada uno abriría el
                suyo a la hora  que lo  mandase su madre; el
                primero  esperaría  al  otro  en  el  Barreiro.  (Así
                llamábamos a una pequeña laguna que había
                en el fondo de la sierra).

                    Una vez juntos, decíamos cuál sería el

                pasto  del  día;  y  para  allá  íbamos  felices  y
                contentos, como si fuésemos a una fiesta.

                    Aquí  tenemos,  Excmo.,  y  Rvmo.  Señor
                Obispo,  a  Jacinta,  en  su  nueva  vida  de
                pastorcita. A las  ovejas  nos  las  ganábamos  a

                fuerza de  distribuir  entre  ellas  nuestra
                merienda.  Por  eso,  cuando  llegába-  mos al
                pasto, podíamos jugar tranquilos, porque ellas
                no se apartaban de nosotros.



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