Page 118 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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Jacinta       parecía       insaciable        practicando
                sacrificios.  Un  día,  uno  de  nuestros  vecinos
                ofreció  a  mi  madre                 un  campo  donde
                apacentar  nuestro  rebaño;                    pero      estaba
                bastante lejos y nos encontrábamos  en  pleno
                verano.


                    Mi madre aceptó el ofrecimiento hecho con
                tanta generosidad y nos mandó allá.

                    Como  estaba  cerca  una  laguna  donde  el
                ganado podía  ir a beber, me dijo que era
                mejor  pasar  allí  la siesta, a la sombra  de los
                árboles.


                    Por  el  camino  encontramos  a  nuestros
                queridos  pobrecitos,  y  Jacinta  corrió  a
                llevarles nuestra merienda.

                    El  día  era  hermoso,  pero  el  sol  muy
                ardiente;  y  en  aquel  erial  lleno  de  piedras,

                árido y seco parecía querer abrasarlo todo. La
                sed  se  hacía  sentir  y  no  había  una  gota  de
                agua para beber; al principio, ofrecíamos este
                sacrificio  con  generosidad,  por  la  conversión
                de  los  pecadores;  pero  pasada  la  hora  del
                mediodía, no se resistía más.

                    Propuse entonces a mis compañeros ir a un
                lugar cercano  a pedir  un  poco  de  agua.

                Aceptaron  la  propuesta  y  fui  a  llamar  a  la



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