Page 186 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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cuidaba  de  las  cosas  de  casa  y  yo  que
               pastoreaba  nuestro  rebaño.  Mi  pobre  madre
               vivía sumergida en  una profunda amargura  y,
               cuando por la noche nos juntábamos los tres en
               el hogar, esperando a mi padre para cenar, mi
               madre,  al  ver  los  lugares  de  sus  otras  hijas

               vacíos, decía con una profunda tristeza:

                     «¡Dios mío! – ¿Adónde fue la alegría de esta
               casa?»  E  inclinando  la  cabeza  sobre  una
               pequeña mesa  que tenía a  su lado,  lloraba
               amargamente.

                     Mi hermano y yo llorábamos  con ella.  Era

               una  de  las  escenas  más  tristes  que  he
               presenciado. Y yo sentía el corazón desgarrado
               de tristeza por mis hermanas y por la amargura
               de mi madre.

                     A     pesar       de      ser     niña,       comprendía
               perfectamente            la    situación       en  que  nos

               encontrábamos.             Recordaba,          entonces,        las
               palabras  del Angel:  Sobre  todo,  aceptad,
               sumisos, los sacrificios que el Señor os envía.

                     Me  retiraba,  entonces,  a  un  lugar  solitario
               para no aumentar con mi sufrimiento el de mi
               madre. (Este lugar era, ordinariamente, nuestro
               pozo). Allí, de rodillas, de bruces sobre las losas
               que  lo  cubrían,  juntaba  a  sus  aguas  mis

               lágrimas y ofrecía a Dios mis sufrimientos.



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