Page 187 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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A veces, Jacinta y Francisco venían y me
encontraban así, entristecida. Y como yo, a
causa de los sollozos, estaba casi sin voz y no
podía hablar, ellos sufrían también conmigo
hasta el punto de derramar también abundantes
lágrimas.
Entonces, hacía Jacinta en alta voz nuestro
ofrecimiento:
Dios mío, es en acto de repara- ción y por
la conversión de los pecadores, por lo que te
ofrecemos todos estos sufrimientos y sacrificios.
(La fórmula del ofrecimiento no era siempre
exacta, pero el sentido era siempre éste).
Tanto sufrimiento comenzó a minar la salud
de mi madre. Esta, no pudiendo ya trabajar,
mandó venir, para hacerse cargo de la casa, a
mi hermana Gloria.
La visitaron cuantos cirujanos y médicos
había por allí; se emplearon infinidad de
remedios sin obtenerse mejoría alguna. El buen
Párroco se ofreció para llevar a mi madre a
Leiría en su carro de mulas, para que la viesen
allí los médicos. Allá fue, acompañada de mi
hermana Teresa, pero llegó a casa medio
muerta por el cansancio del camino y molida de
las consultas, sin haber obtenido resultado
alguno.
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