Page 191 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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nos  mil  preguntas.  En  este  día  yo  me  sentía
               amargadísima:  veía a  mi madre afligida, que
               quería a toda costa obligarme, como ella decía,
               a  confesar  mi  mentira.  Yo  quería  satisfacerla,
               pero no encontraba cómo hacerlo sin mentir.


                     Ella nos había  infundido a nosotros, sus
               hijos,  desde  pequeños,  un  gran  horror  a  las
               mentiras y castigaba severamente a aquel que
               dijese alguna.

                     Siempre  –decía  ella–  conseguí  que  mis
               hijos  dijesen  la  verdad;  y  ahora,  ¿he  de  dejar
               pasar  una  cosa  de  éstas  a  la  más  joven?  Si

               todavía  fuese  una  cosa  más  pequeña...;  pero
               ¡una  mentira  de  éstas  que  trae  a  tanta  gente
               engañada...!

                     Después  de  estas  lamentaciones,  se  volvía
               a mí y decía:


                     «Dale las vueltas que quieras, o  tú
               desengañas  a  esa  gente,  confesando  que
               mentiste, o te encierro en un cuarto, donde no
               podrás ver ni la luz del sol.» A tantos disgustos,
               sólo  faltaba  que  se viniese  a  juntar  una  de
               estas cosas.

                     Mis  hermanas  se  ponían a  favor  de  mi
               madre; y a  mí  alrededor  se  respiraba  una

               atmósfera de verdadero desdén y desprecio.



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