Page 344 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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Cuando un poco después, lo vio volar, batía las
palmas de contento y decía:
Ten cuidado, no te vuelvan a cazar.
Había allí una viejecita a quien llamábamos
tía María Carreira, a la que los hijos a veces
mandaban pastorear un rebaño de cabras y
ovejas. Éstas, poco domadas, se le
dispersaban cada una por su lado.
Cuando la encontrábamos, Francisco era el
primero en correr en su auxilio. Le ayudaba a
llevar el rebaño al pasto juntándole las que se
habían escapado. La pobre viejecita se
deshacía en mil agradecimientos y le llamaba
su ángel de la guarda.
Cuando veía por ahí a algún enfermo sentía
mucha pena y decía:
No puedo ver a esta gente así; me da
mucha pena.
Cuando nos llamaban para hablar con
algunas personas que nos buscaban,
preguntaba si estaban enfermos y decía: Si
están enfermos, no voy. No los puedo ver así;
me da mucha pena. Díganles que rezo por
ellos.
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