Page 349 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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estando enfermo, conseguía todavía dar sus
paseos, fui con el a la roca del Cabezo, y a los
Valinhos. Al volver a casa, la encontramos llena
de gente, y a una pobrecita mujer que junto a
una mesa, fingía que daba la bendición a
numerosos objetos de piedad, rosarios,
medallas, crucifijos, etc. Jacinta y yo fuimos en
seguida rodeados de muchísimas personas que
nos querían hacer preguntas. Francisco fue
llamado por esta mujer de las bendiciones que
le invitó a ayudarle.
Yo no puedo bendecir –respondió muy
serio– y usted tampoco. Sólo lo pueden hacer
los sacerdotes.
Las palabras del pequeño se extendieron
inmediatamente por entre la gente como por
medio de algún altavoz y la pobre mujer tuvo
que marcharse inmediatamente entre los
insultos de los que le exigían los objetos que
acababan de entregarle.
Ya dije en el escrito sobre Jacinta, cómo él
pudo ir alguna vez más a Cova de Iría; cómo
usó y entregó la cuerda; cómo en un día de
tanto calor sofocante fue el primero en ofrecer
el no beber, y también cómo a veces recordaba
a su hermana la idea de sufrir por los
pecadores, etc. Supongo por eso que no es
necesario repetirlo aquí.
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