Page 230 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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del Sr. Cura me mandaba llamar; y que, por
tanto, fuera hacia allá. Pensando que era para
algún interrogatorio, me disculpé diciendo que
mi madre me había mandado ir enseguida a
casa; y, sin más, eché a correr como una
tonta a través de los campos, en busca de un
escondrijo, donde no pudiese ser encontrada.
Pero esta vez el juego me salió caro.
Pasados algunos días, hubo en la feligresía
una fiesta, cuya Misa vinieron a cantar varios
sacerdotes de fuera. Al terminar la fiesta, el
Sr. Cura me mandó llamar, y delante de todos
aquellos sacerdotes me reprendió
severamente por no haber ido a la doctrina, y
por no haber acudido al llamamiento de su
hermana; en fin, todas mis debilidades
aparecieron allí y el sermón se fue
prolongando por largo rato. Por fin, no sé
cómo apareció allí un venerable sacerdote que
procuró defender mi causa. Quiso
disculparme, diciendo que tal vez fue mi
madre la que no me dejaba.
Pero el buen Párroco respondió:
– ¿La madre? ¡La madre es una santa!
¡Esta sí que es una criatura que aún estamos
por ver lo que va a salir de aquí!
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