Page 232 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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madre  decidió,  entonces,  que  a  pesar  de  la
                distancia  del  viaje  y  de  las  dificultades  de
                hacerlo  –porque,  además  de  ser  larguísimo,
                era  necesario  ir  por caminos  malos,  atravesar

                montes y  sierras–,  después  del  día  de  la
                Comunión solemne, mi hermano haría el viaje
                para  llevarme  allá.  Yo  creo  que  sudaba  tinta,
                sólo con la idea de tenerme que confesar con
                el  Sr.  Cura.  ¡Qué  miedo  el  que  le  tenía!

                Lloraba de aflicción.

                    Llegó  la  víspera,  y  su  Rvcia.,  mandó  que
                todos los niños fuesen por la tarde a la iglesia
                para confesarse. Allá fui, pues, con el corazón

                más encogido que si estuviese en una prensa;
                al  entrar  en la  iglesia,  vi  que  había  varios
                sacerdotes confesando. En un confesionario, al
                fondo, estaba el Padre Cruz, de Lisboa. Yo ya
                había  hablado  con su Rvcia., y me había
                agradado mucho. Sin tener en cuenta que en
                un  confesionario abierto, en medio de la
                iglesia, estaba  el  Sr.  Cura  fijándose  en  todo,

                pensé:  primero voy  a confesarme  con  el  P.
                Cruz  y  a  preguntarle  cómo  he  de  hacer;  y,
                después, voy al Sr. Cura.

                    El P. Cruz me recibió con toda amabilidad, y
                después         de      oírme,       me      dio     consejos,
                diciéndome que si no quería ir al Sr. Cura que

                no fuese; que, por ello, el Sr. Cura no podría
                negarme la Comunión. Radiante de alegría con


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