Page 241 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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Al llegar  a  un  terreno,  que  queda  un  poco
                antes  de  entrar  en  Aljustrel,  junto  a  una
                pequeña fuente, al ver allí abiertos unos hoyos
                para plantar árboles, me mandaron  parar  y,

                tal vez para asustarme, le dijo el uno al otro:

                    «Aquí  hay  hoyos  abiertos.  Con  una  de
                nuestras espadas le cortamos la cabeza y aquí
                la  dejamos,  ya  enterrada.  Así  acabamos con

                esto de una vez para siempre.»

                    Al oír estas palabras, creí realmente llegado
                mi último momento; pero quedé tan tranquila,

                como  si  nada  de  aquello  fuese  conmigo.
                Pasado un momento, en que pareció quedaron
                pensativos, el otro respondió:

                    «No, no tenemos autorización para eso.»


                     Y me mandaron continuar mi camino.

                     Atravesé así, nuestra pequeña aldea, hasta
               llegar a casa de mis padres. Toda la gente salía
               a las puertas  y ventanas  para ver lo que
               pasaba.


                     Unos se reían  con  burla,  otros  lamentaban
               con pena mi suerte.

                     Al llegar a mi casa, me mandaron llamar a




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