Page 165 - Nuestra Señora de Fátima Las memorias
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sentado  en  una  silla.  Mi  madre  se  arrodilló
               junto a la puerta, en el altar mayor, con otras
               mujeres que estaban esperando el turno de sus
               hijos. Y delante del Santísimo me fue haciendo
               las últimas recomendaciones.


                     Sonrisa de la Madre de Dios

                     Y cuando llegó mi turno, fui a arrodillarme
               a  los  pies  de  nuestro  buen  Dios,  allí
               representado  por  su  ministro,  a  pedir  perdón
               por  mis pecados. Cuando terminé, vi que toda
               la gente se reía. Mi madre me llamó y me dijo:


                     –  Hija  mía,  ¿no  sabes  que  la  confesión  se
               hace bajito, que es un secreto? Toda la gente te
               ha oído. Sólo al final dijiste una cosa que nadie
               sabe lo que fue.

                     En el camino a casa, mi madre hizo varias
               tentativas  para  ver  si  descubría  lo  que  ella

               llamaba  el  secreto  de  mi  confesión;  pero  no
               obtuvo  más  que  un  profundo  silencio.  Voy,
               pues,  a  descubrir  ahora el secreto de  mi
               primera  confesión. El  buen  sacerdote,  después
               que me oyó, me dijo estas breves palabras:

                     –  Hija  mía,  tu  alma  es  el  Templo  del
               Espíritu  Santo.  Guárdala  siempre  pura,  para
               que  El  pueda  continuar  en  ella  su  acción

               divina.



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